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El pescadero lindo

Ale Rodríguez

Hoy es uno de esos días en los que los encuentros fortuitos te ponen de buen humor. Fui al supermercado, como es de costumbre cada martes, y decidí que cenaríamos salmón al Teriyaki acompañado de vieiras salteadas con champiñones, Mientras me disponía a ordenar en la vitrina de la pescadería, el empleado más amable se me acercó y sin dudarlo me dijo: “Qué hermosa sonrisa”. Lo primero que pensé fue: “Hombre ojeador que solo quiere ver que obtiene de mi”, y con cara de desaire le dije: “Gracias” y comencé a ordenar mi pescado, el hombre me atendió con suma amabilidad y delicadeza, al grado que me ofreció llevar las vieiras más frescas, unas especiales, no las que estaban en la vitrina. De manera muy educada, el hombre comenzó a hacerme conversación; él no creía que yo fuera mexicana, por mis rasgos físicos y mucho menos por mi acento; situación incómoda que ha ocurrido varias veces desde que llegué a este país. Me molesta tanto que suceda esto y me veo forzada a preguntarles a estas estereotípicas personas: “Entonces según tu criterio, ¿cómo tendría que lucir un mexicano?” pero esto es otra historia; continuando con la compra del pescado, el hombre me sugirió que jamás me enamorara, que no valía la pena y que sus 37 años de experiencia en el amor me lo podrían constatar, además, realzaba el hecho de que una sonrisa tan bella como la mía no merecía ser poseída por nadie, me pidió mi nombre y me prometió que se lo tatuaría en su pecho para mantenerlo junto a su corazón, en este momento de la conversación él ya me había entregado mis productos y me disponía a salir corriendo del establecimiento porque me asusté un poco con la parte del tatuaje.

Salí del lugar y me comencé a reír yo sola. La gente me miraba en absurdo, lo que sucedía era que en mi mente se quedó la imagen de este pescadero que buscó ser lindo con mi persona de manera muy respetuosa y al final me terminó ahuyentando con sus comentarios desalineados de la conversación, como la mayoría de los hombres lo suelen hacer. En ocasiones pienso que soy yo quien les huye, después, me doy cuenta de que no es así, me considero lo suficientemente frentera como para encarar a un hombre con sus comentarios asquerosos sobre la belleza femenina, dejarlo callado y no necesariamente de una manera grosera y burda. Una dama no se iguala a un caballero, pero una mujer jamás se comparará con un imbécil;  más bien, pienso que el problema es de raíz cultural y sin ahondar en el tema del machismo, las mujeres somos más inteligentes que instintivas a diferencia de los hombres, entonces siempre quedará en nosotras el deseo del hombre seductor ideal, el cuál mezcle esa picardía que a nosotras nos gusta, sí, señores, sí nos gusta pero con mesura y el tacto de dirigirse a nosotras como seres delicados que somos, ese hombre no existe, ese te lo creas tu misma y fuera de todos los estereotipos de masculinidad impuestos en nuestras mentes, considero que eso sucede cuando tu corazón está listo para enamorarse, ahí todo el panorama cambia, sin importar que tan feo, guapo, corriente, adinerado, atleta, trabajador, irresponsable, hablador y mal geniudo sea, tu mente ya lo ve con otros ojos y cualquier intento de seducción para ti será el gesto más lindo que jamás te hallan hecho, aunque sea un piropo trillado que haz escuchado en anteriores ocasiones y habías reído de la escasa oportunidad que tenía ese pobre hombre de entrar a tu vida; ese cambio de perspectiva en tu mente hace que tu corazón químicamente sienta cosas envolventes y, querida amiga, lamento informarte pero a esta altura ya estás enamorada, sólo queda analizar qué tan dispuesta estás a pagar el precio del enamoramiento.

Admiro a los feos, ellos tienen la seguridad personal más impresionante de la humanidad, ellos no disimulan y son directos (lo que todas necesitamos), tienen tema de conversación, son generosos, bien educados, bailan de ensueño, cultos, consentidores, cariñosos, divertidos y sobretodo con mucha personalidad, es esto o quizás estoy describiendo a mi hombre ideal con máscara de feo para el mundo. Ellos, los que se te acercan a sacar plática, los que saben cómo llegar y abordar a una mujer, esos hombres que no tienen miedo de ser rechazados y apuestan al ruedo porque lo que ven creen que vale la pena, así deberían ser todos los hombres, entonces es una lástima que los que decimos son bien parecidos no tengan remota idea de cómo actuar frente a una mujer y todo por falta de seguridad personal. Cabe mencionar que esta categoría entre hombres feos y guapos es una teoría subjetiva y completamente personal, el que sea bueno para mi, no necesariamente tiene que ser bonito para usted y viceversa.

Quiero dedicar este post a una mujer berraca que me ha enseñado lo bello que puede ser la vida cuando se sonríe y trabaja con ahínco para superarse cada vez más. Ella una vez me dijo “La seguridad del feo, la mala suerte de las bonitas”; es esa seguridad la que enamora y termina por seducirnos, lo que ocasiona que cambiemos nuestra perspectiva y nos enamoremos viendo así todo distorsionado y diferente para comenzar a vivir en la falsa ilusión. Suena a tragedia vivir en una mentira permanente que conforme más conoces a la persona que tienes a un lado más falaz se hace, pero es lo más bello que hay y vivir con esa realidad, sentirla, disfrutarla, suspirarla, admirarla y degustarla son períodos de vida que nos mantienen en este mundo, se acabe o no, esos son los momentos fortuitos que deben hacernos sonreír y vale la pena identificarlos para agregar un poco de felicidad a nuestros días, sabemos que esta hermosa conquista te defraudará de cierta manera, algunas veces más terrible y dolorosa que otras, pero un corazón roto se cura, un corazón resguardado jamás vive.

Vale la pena enamorarse y desenamorarse, es un proceso sustancial y del cual se puede obtener más de lo necesario para disfrutar la vida, sin llegar al extremo dramático en el cual muchas personas se quedan sufriendo por amor, no importa si te enamoras de lo lindo que es el pescadero contigo cada vez que vas a comprarle pescado, lo que importa es que aprecies ese momento efímero de enamoramiento y sonrías de amor.