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El adiós

LUIS IGNACIO ESCOBEDO

4 de febrero del 2017, ha sido la fecha elegida para poner punto final a una de las carreras más importantes del toreo en México. La historia de Eulalio López “Zotoluco” es y será una de las trayectorias más trascendentales del toreo contemporáneo. Trazada a base de esfuerzo, sacrificio, valor, poder y fidelidad a su concepto del toreo.

Ver decir adiós a un torero no es grato. Es una profesión en la que retirarse no da gusto. Independientemente del miedo, los sacrificios y las heridas, la cornada más grande que puede recibir un torero es aquella que lo quita  de torear, es esa que no es forzosamente física, pero produce más dolor, es esa que queda grabada en el corazón y no cicatriza nunca; me refiero a ese momento en el que te das cuenta que no puedes o debes seguir en activo, seguir toreando.

Enfundarse por última vez el traje de luces sintiendo esa sensación de despedida, esa que se siente cuando le dices adiós a tu ser más querido; quitarse de los toros, de los ruedos, del público, es quitarle el sentido a la vida misma. Ya lo decía David Silveti “Torear es una necesidad y vivir, una circunstancia”

No es lo mismo que cuando un abogado se retira de los estrados, ya que puede no hacerlo nunca, y el torero tiene que hacerlo cuando las facultades o las oportunidades se merman. El  abogado o arquitecto, pensó por mucho tiempo qué debía ser y después estudió para serlo. El torero nace torero y dedica la vida para serlo. Bueno, malo o regular, un torero está dispuesto a entregar la vida para la creación de un momento inolvidable en la mente de alguna persona.

Torero nunca se deja de ser, no es ex-torero, sino torero en el retiro, porque el torero así como nace torero, muere torero.

Conchita Cintrón publicó en 1977 un libro titulado “¿Por qué vuelven los toreros?” ahora mi pregunta es ¿Por qué se quitan los toreros? La respuesta a ambas cuestiones es básicamente la misma. Más allá del dinero, la fama, el protagonismo; porque aparte no todos los toreros consiguen esas cosas. El no dejar de torear o volver a torear, es por el hecho de sentirnos toreros, poder expresar de una forma lo que sentimos, tener esa subida de adrenalina que se vuelve adictiva. En pocas palabras es porque torear es vivir, y sin torear la vida no es igual. Un torero sólo se quita de torero cuando no tiene más remedio, cuando las facultades físicas ya no dan para más, cuando una cornada le limita alguna función motriz, cuando su situación profesional se encuentra mal y no tiene a donde orillarse, o bien, simple y sencillamente, cuando se pierde la ilusión, esa llama que motiva al torero a jugarse la vida.

Pero casi siempre, tarde o temprano, busca el modo de volver a sentir eso que se siente cuando se es TORERO.

Cuando las expectativas son más grandes que el resultado

LUIS IGNACIO ESCOBEDO

El pasado domingo tuvo lugar el evento más esperado del calendario taurino de este año; el “mano a mano” entre José Tomas y Joselito Adame.

Colgaron el cartel de “no hay billetes” semanas antes de la fecha asignada para el gran evento.

En la Monumental Plaza de Toros México lucieron los tendidos llenos hasta la bandera. Vino gente de España, Francia, Perú, Colombia, Venezuela, Estados Unidos, Ecuador, Portugal… y, por supuesto, de toda de la República.

Todos los espectadores con las expectativas, queriendo ver un triunfo de cuatro orejas y dos rabos, una tarde tan apoteósica como la de Nimes o Madrid.

El resultado no fue el esperado, el idealizado por los aficionados, pero tampoco fue una tarde para el olvido. Ambos toreros realizaron faenas importantes e interesantes.

Fueron lidiados tres toros de “Los Encinos”, dos de “Fernando de la Mora” y uno de “Xajay”. A mi manera de ver, estuvieron bien presentados. Un poco menos el primer reserva, el de “Xajay”. En cuanto a su juego, los toros fueron un tanto desiguales, siendo el mejor el lote del mexicano.

 

Cuando esperamos mucho de algo, es probable que nos defraude, más si cabe cuando no depende de uno mismo. Hay que tener en cuenta que, en la fiesta brava, la última palabra la tiene el toro. “Dios dispone, el hombre propone, viene el toro y todo lo descompone”. Además, las condiciones climatológicas influyen en el estado anímico, tanto del torero como del público.

Al ver un espectáculo, tendemos a olvidarnos de lo ocurrido inmediatamente antes, sea por unas cervezas, falta de concentración, o por el estado anímico del público, con sus altibajos. No olvidemos que, en las corridas de toros, se juega con las emociones y se busca el despertar de los sentimientos. Quiero pensar que por eso la gente se olvida de lo que hizo un determinado torero dos toros antes. Dos porque uno es el anterior espada.

Definitivamente, no hubo triunfo grande del matador José Tomas, como todos lo esperábamos, pero sí hubo toreo. Sí hubo arte, hubo temple y hubo carácter.

Se dieron dos faenas importantes y la tercera no pudo ser, por dos razones. La primera porque el toro no brindó muchas posibilidades y la segunda porque el público no permitió la comunión entre toro y torero. Las protestas por la presentación del astado, así como hacia el matador mismo.

 

Al inicio de la tarde se respiraba ilusión y respeto. Cuando salió el primer toro, el silencio se hizo de la plaza. José Tomas estaba oficiando Misa y los cuarenta y ocho mil espectadores presentes respetaron ese momento sagrado. El silencio, al final del festejo, se convirtió en abucheos y rechiflas hacia un matador que, en su segundo toro, estructuró una faena llena de temple y cadencia. Hay veces en las que, el respetable, no interpreta la faena con profundidad. El único defecto que tuvo José Tomás fue pinchar en la suerte suprema; fallar con la espada.

El caso de Joselito Adame fue lo contrario; comenzó con los mismos abucheos y rechiflas, sólo por haber pinchado a su primer astado. En el tercero de su lote fue ovacionado tras una faena clásica y con gran proyección.

 

“La verdad sólo tiene un camino”. La gente esperaba orejas y rabos, conseguidas por los dos toreros, pero al final sólo tuvieron dos grandes faenas, una por cada torero.

 

Ese es el disgusto.