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El Laberinto del Mundo. Marguerite Yourcenar.  

Jonathan Alcalá

            Marguerite Yourcenar dijo que escribiría hasta que la pluma cayera de sus manos. Así fue. ¿Qué? La eternidad, es una obra inconclusa. Encuentro un encanto teñido de tristeza, que una mujer que creía que el tiempo es maleable a nuestro antojo, haya dejado su cuerpo sin poner punto final a un libro. La existencia de Yourcenar de alguna manera se sigue escribiendo, a final de cuentas, ella dijo que el diagrama de la vida humana se compone de tres líneas que se pierden en el infinito: “lo que un hombre ha creído ser, lo que ha querido ser, y lo que fue.” Así como el corazón de Adriano late con vitalidad a través de sus memorias, la sensibilidad y erudición de Marguerite se renueva cada vez que alguien lee y se deslumbra con sus palabras. Nos ha dejado como herencia El laberinto del mundo, tres libros que hablan sobre su vida y sobre la vida misma, ya que la condición de una sola persona es la de todas las personas. Las diferencias que hay entre dos seres humanos son el segundo plano de su retrato, antes, podríamos ver y enumerar sus semejanzas, el modo en que lloran, ríen, aman, sueñan, nutren sus cuerpos, el dolor y la felicidad que padecen, el placer. Las emociones y sensaciones que experimentamos de forma paralela, son el hilo que más debemos cuidar, de ese modo, el otro, podría dejar de ser tan ajeno a nosotros.

            Recordatorios es la primera parte de la trilogía, el linaje materno que se ha tejido en la actual Bélgica. El distanciamiento se sí misma para poder narrar con precisión el nacimiento del ser a quién llama “yo”. Su llegada al mundo es el punto de partida de una cascada que nos lleva al pasado, para enseñarnos, que el hombre casi siempre está preso en la cárcel de su tiempo y las circunstancias que le rodean. Yourcenar logra hallar el hilo de su sangre hasta poco después de la Edad Media. Dibuja a sus antepasados de la misma manera que lo ha hecho con los personajes ficticios de sus relatos; nos ilustra  a través de ellos, que los vicios y las virtudes de las familias poco han cambiado en centenares de años. Probablemente el pertenecer a la burguesía sitúa la historia en algunas particularidades. Recordatorios tiene a dos personajes que sobresalen: Fernande, la madre de Marguerite, y Octave Pirmez, tío de la autora, que también poseyó un destino literario y cuya vida, notable en algunos sentidos, ocupa parte importante del ayer que nos quiso contar ella.

“Hijo del magnánimo Tideo, ¿por qué te informas sobre mi linaje?

Cual generación de las hojas, así la de los hombres.”,

Ilíada, VII, 145-146.

            Ese es el telón de Archivos del Norte, es turno ahora de la red paterna. Esta vez Yourcenar va más atrás en el tiempo, nos explica que antes de la intempestiva llegada del hombre a la región boscosa donde nació su padre, los habitantes eran enormes árboles de follaje oscuro, de ahí el nombre de la propiedad que fue parte de la familia hasta principios del siglo XX, el Mont-Noir. Lugar que sirve como escenario de parte importante de la historia, hasta la llegada de Michel, padre de Marguerite, que resulta ser un hombre entrañable, dado a la aventura y la pasión, casi en la misma proporción que a la cultura. Rebelde, escapó de su casa para llenarse del mundo, también lo hizo así del ejército, acto que le valió el destierro de Francia, hallando entonces en Inglaterra un segundo hogar, “siempre se está mejor en otro lado”, era su filosofía. Si el placer es una forma de pecado, entonces no hay placer que no lleve una penitencia, así la vida de Michel se tiñe de claros y oscuros todo el tiempo, el transcurso de años que jamás son grises, pasando de un amor a otro, de un lugar a otro, como el gran lector que termina un libro al mismo tiempo que comienza el siguiente. En circunstancias inesperadas, Fernande y él se conocen para casarse, sin saberlo siquiera, la sonrisa que se ofrecieron mutuamente el día que se conocieron, fue la chispa que comenzó el gran fuego que es la vida de una de las escritoras más brillantes del siglo pasado.

            ¿Qué? La eternidad. La niñez puede estar llena de falsos recuerdos, pero aun así, la autora se las arregla para darnos una impresión lúcida de lo ocurrido.  Los primeros años de nuestra existencia tienen una impostura más obvia que la de nuestra juventud y adultez. Marguerite tuvo la fortuna de ser acogida por un padre que le heredó la tradición de los libros, tanto, que ella menciona que los libros son una de sus patrias. Sin llevar a cuestas el peso de una educación tradicional, Yourcenar encuentra en la naturaleza una belleza más abundante que en los juguetes. También fue una mujer rebelde como Michel, lectora en una época en la que leer  generalmente era cosa de hombres, capaz de aceptar y explorar la sensualidad y el erotismo que duerme en nosotros mientras somos niños, contemplativa ante las grandes maravillas del mundo, como el océano. Vivió una plenitud en tiempos en los que la tecnología parecía tener como objetivo la matanza y la destrucción. Tiempos de dos guerras que parecían eternas y que nos daba la impresión de que nada podía ser peor que ese presente. Yourcenar nos relata la historia de Jeanne, amiga íntima de su madre y amante de su padre, su matrimonio nos hizo pensar en Alexis y Mónica, de Alexis o el tratado del inútil combate, un hombre lleno de virtudes que flotaban en el río cuya profundidad eran apetitos poco aceptados en esa época, y vergonzosamente, todavía algunos no los aceptan en la nuestra. ¿Qué? La eternidad, termina sin concluir, ya que el propósito era relatar la muerte de Michel, de Jeanne y otros acontecimientos más.

            El laberinto del mundo, es en resumen, la historia de una mujer y del parte del mundo, un proyecto que se escribió durante veinticinco años, en donde nos demuestra que la vida es hermosa a pesar de las amarguras y sinsabores y que nuestro pasado, presente y futuro, son una misma dimensión a la que tenemos acceso si no lo proponemos.

 

 

El último encuentro. Sándor Márai.

Jonathan Alcalá

Antes que todo debo decir que hacer reseñas sobre libros no es una tarea que me sea sencilla. El objetivo principal de escribir en Voces Cruzadas es mejorar mi ejercicio literario, sin embargo, en esta ocasión no tuve cabeza para poder redactar algo que tenga una mínima calidad y presentarlo a otros lectores. Después de aclarar ese punto, me permito recomendar la obra El último encuentro, de Sándor Márai.

Un oficial retirado del ejército recibe una carta. Se trata de su mejor amigo, Konrád, anunciando su visita cuarenta y un años después de no verse uno al otro. La carta, trae para el general toda una ola de recuerdos  que dan origen a la historia: Un niño nacido en un hogar noble, educado para ser soldado y para ser rico, igual que su padre. Un niño que encontró en la escuela a su mejor amigo, con quien compartió los primeros veintidós años de su vida, antes de la separación.

La visita de Konrád, deja al descubierto que entre ellos hay un ajuste de cuentas. Después de cenar y despertar recuerdos, ambos se sentaron en el mismo lugar en el que estuvieron cuatro décadas atrás, una noche semejante a esa, con las velas encendidas, los mismos muebles y la chimenea ardiendo. El general comienza a hablar y es ahí cuando salen a la luz los acontecimientos que vuelven apasionante esta obra de Márai. La sospecha de un intento de homicidio y la aventura entre la esposa del oficial y su mejor amigo, que desembocaron en la silenciosa huida de éste y en el rompimiento igualmente silencioso de un matrimonio joven.  

“El último encuentro” es una breve, pero profunda obra que trata sobre las pasiones, las acciones y los pensamientos que son consumidos por el tiempo. Las causas, los efectos y nuestro lugar en la vida.  Cito un fragmento: “Y que un hombre no es más que un hombre, un pobre desgraciado, nada más, un ser mortal, haga lo que haga… Luego envejece tu cuerpo, no todo a la vez, no, primero envejecen tus ojos, o tus piernas, o tu estómago o tu corazón. Envejecemos así, por partes. Más tarde, de repente, empieza a envejecer el alma: porque por muy viejo y decrépito que sea ya tu cuerpo, tu alma sigue rebosante de deseos y de recuerdos, busca y se exalta, desea el placer. Cuando se acaba el deseo de placer, ya sólo quedan los recuerdos, las vanidades, y entonces sí envejece uno, fatal y definitivamente.”

Desde mi perspectiva, la novela es valiosa por cómo se desenreda la historia a medida que ambos amigos platican, lo cual hace que comprendamos detalles que al inicio son enigmáticos. El lenguaje usado por Sándor Márai, no muy adornado ni complejo,  hace sencilla su lectura, pero no simple. Además, la descripción de la mansión, los bosques y el carácter de los personajes, crean una atmósfera de melancolía y severidad, que abrazan de manera precisa el tema del libro y nos permiten imaginar la Hungría de hace un siglo. Lo único que encuentro como un pilar delgado en esta historia, es que la mayor parte de la obra son palabras que nacen de la boca del general, así que al resto de las figuras se conocen por la visión de dicho personaje y no por una tercera persona o por ellos mismos.