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Caín (parte II).

Jonathan Alcalá

         Alguien se percató de la mirada de aquel extranjero y dio aviso a los demás, hombres y mujeres corrieron por sus armas, sin embargo él no dio ningún paso atrás, se acercó con las manos desnudas, consciente de que nadie podía dañarle. Un anciano le observó y supo quién era, le dijo que no era bienvenido, que regresara al jardín y sus alrededores,  ya que ellos nada tenían que ver con el Dios que le condenó, pero aun así respetarían el acuerdo de no matarle. Sin decir palabra, Caín tomó distancia y no se fue, no quiso asumir el riesgo de estar solo nuevamente, al cabo de poco tiempo vio que los nómadas se alistaban para partir, recelosos y callados, ignorando a medida de lo posible la presencia del hijo de Adán. Les siguió durante muchos días, se instalaba cerca de ellos, lo más alejado de sus ojos, adoptó sus métodos e intentó depositar en el olvido su vida pasada. Cambió sus pesadillas por sueños más tranquilos, extrañaba cultivar la tierra, tomaba lo que podía de ella, sobrevivía de la mejor manera.

          Así como el prisionero que se acostumbra a las paredes, así aquellas mujeres y hombres que no nacieron del Edén se acostumbraron a Caín. Vivían lejos de esa tierra, sabían de la existencia de las demás cosas, pero nunca pensaban en ello. No sintieron la necesidad de adorar a ningún dios, ni de edificar algo que les atara a un lugar determinado. Poco a poco el hombre con la marca se fue acercando a ellos, miró con deseo a una  mujer, pues su condición de maldito o demonio no era mayor a su condición de hombre. Y así como todo ser lleno de vida prescinde de la muerte, dieron continuidad a las cosas y ambos obedecieron a sus instintos. Nombraron Enoc a su primer hijo, pero éste caminó solo y con el correr del tiempo, sí conoció la muerte.

            La unión de Caín y esa mujer significó la unión de otras cosas, decidieron también adoptar un modo de vida diferente, fundaron una ciudad y le pusieron por nombre el de su primogénito. A medida que los seres humanos se multiplicaron, la tierra se volvió menos grande; muchos hijos de Adán recorrieron el sinuoso camino de Caín y notaron la belleza de las hijas de los hombres, fueron seducidos también por sus sentidos. El destino del hombre que asesinó a su hermano, se perdió entre la multitud, su marca se volvió invisible en su descendencia, pero continuaba ahí, en la sustancia que es precursora de la vida, esa que se hereda de generación en generación. Sus hijos estuvieron dotados de habilidades distintas a la del cultivo de la tierra: criaron animales, moldearon el metal y también pudieron emular los sonidos de la naturaleza por medio de instrumentos.

            Muchos hombres y mujeres nacieron de la semilla de Caín, nadie supo las circunstancias del final de su existencia. Tal parece que ninguno sufrió siete veces la venganza de su muerte. Su estirpe, cuyas vidas eran ajenas a su origen divino, se olvidó de Dios. El único culto que rindieron fue a la carne, por lo tanto, su creador se arrepintió de la naturaleza de su propia obra y pensó en rehacer al hombre. Fue entonces, muchos años después de la muerte de Abel, que la sangre derramada fue lavada con el agua que cayó del cielo por vez primera, durante cuarenta días y cuarenta noches.

 

Segunda parte.

(Primera parte. aquí)

CLAUDIA TOSTADO

Sentada, esperando, todo y nada, llegó alguien y se sentó junto a mí. Muy cerca para ser un extraño, pensé. Pero tampoco me habló como si me conociera. Una situación incómoda, de las que se disfrutan. Pasó un rato, y se marchó. Fue hasta más tarde que yo sabría quién era. Pero no me adelantaré, ya llegaremos allí. Me acabé el café, mientras leía el periódico y fumaba pensando que, tal vez, en la edición dominical estaríamos, nosotros, en primera plana.

-Y se puede decir que sí estuvieron…- Se aceleró Andrés a comentar.

-Sí, pues sí, pero no por las razones correctas.- Respondió Catalina, sin alterarse. – Yo debí haber regresado al departamento, a esperarlo. Pero no, sentí que tenía que ir a otro lado. No estaba muy segura, pero caminé hasta que lo decidí. Fue entonces cuando llegué a tu casa.- Señaló a Andrés viéndolo a los ojos.-¿Eso que ya sabes, también lo cuento?-

-Sí, sí, necesito escucharlo de ti, todo esta tan borroso en mi mente, ya no estoy seguro de lo que en realidad pasó.-

-Me abriste la puerta y nos sentamos en la mesa de la cocina, estabas solo. Me explicaste que habías peleado con Adriana hacía dos noches, y que se fue, a casa de su hermana o algo. Me ofreciste té. Y aunque no soy muy de tés, acepté. ¿Con leche? Preguntaste… Un poco, respondí. Empezamos a hablar, de trivialidades, del clima y las noticias.

-¿Por qué se fue Adriana?

-Peleamos. Discutimos, no se…

-¿Por qué discutieron?

-¡Ay, Cata! ¿Qué quieres que te diga? ¿Qué discutimos por ti? Siempre discutimos por ti, ya lo sabes, no me hagas decirlo.

-Bueno, solo quería saber…

-¿Saber qué? ¿Si aún te quiero?

-Sí.

-Sí, sí te quiero. Nunca te voy a dejar de querer. Eres lo que más quiero, eso no va a cambiar. Pero tú, tú decidiste irte con Felipe. Y no te estoy reclamando, ya te reclamé suficiente. Ya sé que no vas a regresar. Creo que ya no quiero que regreses. No sé si quiero que regrese Adriana, tampoco. Ya no sé ni lo que quiero.

-Discúlpame por haber venido, yo no quería…

-No, no, está bien, no te preocupes. Perdón no debí ponerme así, pero es que es demasiado.

-Si…

-No quiero ser grosero, pero… ¿a qué viniste?

-No se…

Y así nos quedamos callados, no necesitaste una explicación, eso me pareció. Eran como las 2 de la tarde. Las 2 de la tarde no es una buena hora para casi nada. Aunque me sentía tranquila, muchas cosas pasaban por mi cabeza.

-No sé, quería verte. Despedirme.

-Ya nos hemos despedido muchas veces.

-Pero ahora es diferente.

-¿Por qué es diferente? Siempre dices lo mismo.

-Decidí que quiero pasar el resto de mi vida con Felipe.

-¿Te vas a casar?

-No, ya sabes que yo no creo en eso.

-¿Entonces?

-No te puedo decir demasiado, queremos estar juntos para siempre, aunque siempre sea muy poco tiempo.

-¿Qué estás diciendo, Catalina? Espero que no estés pensando en cometer una locura… No sé de qué hablas, pero, por favor, ¡por favor! Dime que no es una locura…

-Me tengo que ir. Solo quería verte. Despedirme.- Te abracé. Fue un abrazo corto, profundo. No como todos los abrazos de despedidas, que son largos y superficiales, dolorosos.

-Mira, no sirvió de nada la despedida.- Dijo Andrés, casi sonriendo. Cata lo vio con ironía, y también casi sonrió.

-No quisiera interrumpir su momento, pero, por favor, señorita, continúe.- interrumpió Cuenca, otra vez, aunque más calmado.

Salí de tu casa. Ya pasaban de las 3. Yo recordaba que Adriana, salía de su trabajo a las 4. No me quedaba de paso, pero fui.