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“Toma el llavero, abuelita”*

JESÚS REYES

Quiero, en esta ocasión, alejarme un poco de los temas políticos importantes de nuestro país y nuestro mundo (aunque sin duda siguen siendo muchas las preocupaciones que tengo en este respecto). Y lo hago principalmente porque creo que de vez en cuando tenemos que darnos el tiempo para compartir experiencias y anécdotas que nos hacen quiénes somos y que puede ser, que al compartirlas, causemos un impacto similar o siquiera una reflexión en el receptor de estas.

Siempre he dicho que las tres profesiones que hubiera perseguido si la política y la administración pública no me hubieran cautivado como lo hicieron serían: historiador, escritor o analista deportivo. Gracias a Voces Cruzadas y a los sencillos cuadernos que en ocasiones encuentro por mi casa he podido practicar e incluso comenzar mis esfuerzos en las segundas dos. Sin embargo la primera, historiador, es un poco más difícil de practicar sin dedicarse de lleno a ella. Pero creo que dentro de lo que cabe todos lo podemos hacer de vez en cuando. Y a mí lo que me apasiona de esta práctica, más que leer libros y estudiar, es escuchar las experiencias de la gente.

Es imposible negar la importancia de la escritura en el avance de este estudio; gracias a esta innovación somos capaces de conocer lo que ha sucedido por milenios en este mundo. Sin embargo, creo que gracias a esto, a que la historia es mayormente escrita, se debe que sea transformada, modificada e incluso cambiada para contar la historia de los vencedores y de los dominadores del mundo y no necesariamente de la gente de abajo.

Incluso bajo la versión más utópica de que lo que encontramos en los libros de texto y en la versiones “oficiales” sea verdaderamente lo que pasó, la realidad es que es lo que pasó “arriba” en la mayoría de los casos; en los acomodos de poder y de gobiernos, en las guerras estructurales entre naciones, en las jerarquías de las iglesias o estados, pero no con la gente real que vivió todos estos procesos históricos. Tal vez podríamos encontrar en algunos libros específicos o ramas especiales de la historia, la realidad de los pobladores, del pueblo, de la gente; pero la mayoría de las veces serían generalizaciones de una población en su conjunto, lo cual nos aleja de la imagen nítida del individuo y su historia.

No hay nada malo con todo esto, sin duda son cosas necesarias. Pero para mí es mucho más interesante la historia oral, la que se pasa de generaciones en generaciones a través de relatos que además de proveer al que escucha con una cantidad enorme de sabiduría y conocimientos, también nos hacen perdernos en lo interesante de un buena anécdota, las que a veces llegan a parecer cuentos salidos de la fantasía.

Siempre he tenido el interés de practicar este tipo de historia, de escuchar a la gente, sobre todo a los adultos mayores (los que más experiencias tienen y han sido testigos en mayor medida de la transformación de nuestro entorno), contar sus historias y sus experiencias, e incluso grabarlas para algún día hacer de ellas una compilación de memorias.

Últimamente, la vida me ha dado la oportunidad de hacer esto cada vez más seguido, de encontrarme con ancianos, tanto familiares como desconocidos, y platicar con ellos acerca de lo que ha sido su vida; e invitaría a todos nuestros lectores a hacerlo también.

Desgraciadamente, en la sociedad cambiante y tecnológica en la que vivimos, se desprecia cada vez más al adulto mayor, simplemente porque no saben manejar una computadora o por su lento ritmo de andar natural que no se adapta a la vida moderna y rápida de ahora. Considero esto un gran error y una completa tristeza. Nosotros como jóvenes, deberíamos de saber y entender que para mejorar, innovar y cambiar lo que tenemos a nuestro alrededor necesitamos la sabiduría inmensa de los que ya lo intentaron hacer.

Además de esto, tal vez soy de los pocos que lo sienten, pero creo que todos podríamos encontrar dentro de nosotros mismos cierta curiosidad acerca de cómo eran las cosas antes de que llegáramos al mundo. Saber lo que podamos conservar acerca de los tiempos de la revolución, del eterno priismo, de las violentas y turbulentas décadas de los sesenta y setentas debería ser prioridad nuestra y más si podemos conseguir las versiones de primera mano de nuestros abuelos, padres, tíos, amigos, etcétera.

Hay muchísimo que aprender de ellos y antes de que se nos vayan tantos valores, tantas historias, tantas experiencias, tantas anécdotas, tantos cuentos, tantas visiones y tanto conocimiento del México que fue y ya nunca volverá a ser hay que aprovecharlos. Los invito a practicar esto, a preguntarles a los “abuelitos” en su vida acerca de sus vivencias, a sacarles lo que puedan; en realidad estoy seguro que encontrarán que casi todos ellos es justo lo que quieren: platicar, hablar, contar y sobre todo tener alguien que los escuche.

*Dedicado especialmente, para mis “abuelos”; la que todavía comparte los recuerdos que tiene, cada vez que yo, necio, muestro el humor para escucharlos, mi abuelita Soco, y también a los que se me fueron demasiado pronto para compartir con ellos tantas experiencias que me hubiera gustado sacarles, Papá Monche, Mamá Carmen y mi abuelito Pepe. Y también al eterno “Don Rafa”, el de las galletas, quien lamentablemente  justo mientras escribo estas líneas me entero que acaba de fallecer, cualquier Zacatecano que lea esto, sabe a quien me refiero.