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Tributo de los toreros

Luis Ignacio Escobedo

En el toreo no todo es grandeza. En ocasiones, los toreros pagamos un alto tributo; con nuestra propia sangre, nuestro cuerpo e incluso con la vida.

No cabe pensar que alguien disfrute al recibir cornadas. Obviamente no es que nos guste, sino todo lo contrario, pero sabemos que tarde o temprano llegará el percance; sea el bautizo de sangre o la siguiente cornada.

La primera cornada es una prueba de fuego, porque nadie sabe como reaccionará el torero después de sufrirla. Se dice que por los agujeros de las cornadas se escapa el valor, pero también que te curten como persona y te hacen madurar como torero.

Para algunos toreros las cornadas son medallas al valor, a la hombría, al honor.

Son marcas en el cuerpo que cada día te hacen recordar que estás vivo y que eres torero.

En la fiesta hay de todo: Los que tienen una docena de cornadas, los que murieron en el ruedo por asta de toro y los que, en su vida como torero, nunca sufrieron un percance, como el Maestro Mariano Ramos (Q.E.P.D), un torero poderoso y muy hábil en la lidia.

Los toreros estamos expuestos y si no es una cornada, puede ser una fractura. Lo que es seguro, es que de un centenar de volteretas no te salvas.

En ocasiones, resulta peor una fractura que una cornada ya que el tiempo de recuperación es a veces más largo. Esto desde el descubrimiento de la penicilina, claro. Antiguamente, las cornadas infectadas te llevaban a la tumba. El Doctor Fleming tiene por ello una merecida estatua en la plaza de Las Ventas de Madrid.

Esta semana hemos vivido momentos de angustia en todo el mundo taurino ya que ha habido muchos incidentes en muy poco tiempo. En Madrid suspenden la corrida del martes por haber sido cogidos los tres alternantes, y en México el saldo es peor ya que dos toreros han dejado la vida en el ruedo, un forçado a quien una cornada le seccionó la arteria ilíaca y, un día después, un novillero que recibió una cornada en el abdomen, que le perforó las vísceras.

Es una desgracia, hombres jóvenes, fuertes, y con toda la vida por delante, acaban sus vidas en la plaza. Eligieron la profesión de ser toreros y tuvieron que pagar un tributo demasiado alto. Estoy seguro , o casi seguro, de que están contentos por haber fallecido de ese modo, haciendo lo que les gustaba hacer. Olé, olé y olé por ellos.

Es muy fácil criticar al torero, pero el torero hace sacrificios. Detrás de un torero hay una juventud perdida, o empeñada por cumplir un sueño. Perdemos amigos, momentos familiares, vacaciones, fiestas y diversión, por entrenar.

Dejamos el alma todos los días por mejorar y superarnos.

El sacrificio por un sueño, nuestro sueño. Sacrificio para el espectáculo.

Ante todo la dignidad que un ser humano merece y más el torero, porque se juega la vida.

“Vivir sin torear, no es vivir” José Tomás